Antes de hablar de la caída hay que contar lo de antes. Ese Mundial llegué como parte del cuerpo técnico de la Federación Ecuatoriana de Ciclismo. No como fisio de un equipo WorldTour, sino representando a un país. Eso cambia cosas: los medios son otros, el contexto es otro, pero la exigencia es la misma. Tras años acompañando a Richard Carapaz en Pamplona, tocaba ir con su selección con Narváez como líder y candidato al oro.

Los días previos trabajamos con el equipo en el gimnasio: fuerza, activación, preparación física. Y una cosa que no suele saberse de los Mundiales es el nivel de colaboración que existe entre equipos nacionales. Hicimos un pacto con Brasil: nos ayudábamos mutuamente durante la carrera. El ciclismo de selecciones tiene esos pactos que los equipos World Tour no suelen tener.


El 6 de agosto de 2023 se corrió el Mundial élite masculino de Glasgow. 271 kilómetros desde Edimburgo hasta Glasgow, con el asfalto mojado como protagonista inesperado.

Narváez llegó a ese Mundial en un momento extraordinario de forma. Cuando la carrera se rompió de verdad y el pelotón se fragmentó, él seguía delante. Solo quedaban cinco hombres en cabeza: él, Pogacar, Van der Poel, Van Aert y Pedersen. El resto se había cortado. La carrera estaba ahí, en ese grupo, y Narváez la tenía en las piernas.
Desde nuestra posición en el paddock, seguíamos la carrera por radio. Llegaban actualizaciones: Ecuador sigue delante, Narváez aguanta con los mejores. Ese momento en que sabes que algo histórico puede pasar.

Y entonces dejó de aparecer.
Por la radio nos avisaron: caída. Narváez se había ido al suelo en el asfalto mojado de Glasgow, en el peor momento posible, cuando el Mundial estaba a su alcance. Dejé todo donde estaba y fui corriendo a buscarlo.
Cuando llegué ya estaba en la ambulancia. Me dejaron subir. El trayecto al hospital con él, en silencio, consciente de lo que acababa de pasar y con el dolor encima, es de esas cosas que no se olvidan fácilmente. En el mundo exterior, mientras nosotros íbamos camino del hospital, los demás alzaban las manos en meta.
Las radiografías confirmaron lo que ya intuíamos: fractura de tibia y tobillo. Horas en el hospital. Y al final, antes de irse, me regaló el maillot roto. El que llevaba puesto cuando cayó.

Ese maillot lo tengo guardado. No como trofeo, sino como recordatorio de lo que puede costar un Mundial, y de lo que significa acompañar a un corredor en los peores momentos, no solo en los mejores.
Acompañar a un deportista no es solo tratarle cuando va bien. Es estar ahí cuando la carrera se tuerce. En Zenith trabajamos con ese mismo compromiso con cada paciente. Reserva tu primera visita.

